Hoy por hoy el hombre está centrado en sí mismo, en querer ser el centro de atención, en hablar mucho por el gusto de oírse a sí mismo y de que los demás le oigan, siempre tiene algo que decir, algo que hacer y algo que demostrar; no se deja corregir y su imaginación anda a mil por hora. Se dice: “yo me basto a sí mismo, no necesito de nadie, soy santo, no cometo pecado”.
 
Las ansias del tener, del poder y del placer hacen que el hombre se sienta dueño de su familia, dueño de sus hijos, de sus negocios, de sus empresas, etc., mirando por encima del hombro a los demás. Exigirá un trato especial porque se cree distinto, hay que tener cuidado de herir su susceptibilidad. Su actitud dogmática en sus conversaciones, sus intervenciones irónicas, no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar él bien. 
 
Todas estas actitudes son manifestaciones de algo más profundo, un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando ha puesto el horizonte de su vida en sí misma. A esto es lo que llamamos soberbia, orgullo, prepotencia, vanidad, autosuficiencia, amor propio; es el amor desordenado de la propia existencia, ha puesto el horizonte de la vida en sí mismo. El egoísmo ciega y cierra el horizonte de los demás, y por supuesto de reconocernos necesitados de Dios. La humildad abre constantemente camino a la caridad mostrada en detalles prácticos y concretos de servicio. “El primero entre vosotros sea vuestro servidor”. (Mt. 23,11)
 
La virtud de la humildad consiste en inclinarse ante Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas. En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra pequeñez e indigencia de Dios. Quien lucha por ser humilde no busca elogios, ni alabanzas, porque su vida está en Dios, Autor de todo bien.
 
“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. (Mt. 5,3). El pobre de espíritu es el que está abierto a Dios y a los demás, es aquel que desde la profundidad del ser se siente necesitado de Dios, comprende que su existencia no tiene sentido sin Él. El pobre “en” espíritu tiene una dependencia total de Dios, una dependencia amorosa que comunica vida. El pobre en espíritu dirá en todo momento “mi vida depende de Dios”, “vivo bajo el Señorio de Dios”. La humildad se manifiesta no en el desprecio sino en el olvido de sí mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos recibido y nos lleva a sentirnos hijos pequeños de Dios. Él se deleita en los humildes y derrama en ellos sus gracias y sus dones en abundancia. La mejor decisión de un hombre es aceptar la invitación a entrar en esa intimidad profunda y experimentar que al reconocer nuestra pobreza se muestra la grandeza del Creador, y se permite que brille el reinado de Dios. El pobre en espíritu experimenta un gozo indecible, como el que experimentó María, al proclamar la grandeza del Señor
 
Hoy en día mucha gente busca a Dios para que le solucione sus conflictos familiares, sus problemas de salud, sus dificultades económicas, pero no lo buscan a Él sino a sus bendiciones. Le recompensa para el pobre en el espíritu es el Reino de los cielos, y como tal es alegría, felicidad, plenitud, es la paternidad de Dios en acción a través de Jesucristo. Es la gracia de Dios derramándose en el corazón de la persona. Jesús es la humildad encarnada, perfecto en todas las virtudes, siendo Dios, vivió sus treinta y tres años en vida oculta, ordinaria, tenido por uno de tantos. Lo extraordinario fue la perfección en que vivió lo ordinario. Nunca buscó llamar la atención sobre sí mismo sino a dar la gloria al Padre. Jesús nos dijo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” Mt. 11,29.
 
Solamente la gracia de Dios puede darnos la visión clara de nuestra propia condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad:
  • Por eso la humildad hemos de desearla y pedirla incesantemente, convencidos de que con esta virtud amaremos a Dios y seremos capaces de grandes cosas a pesar de nuestras flaquezas.
  • También llegaremos a ser humildes meditando la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, considerando su grandeza ente tanta humillación, al dejarse hacer “como cordero llevado al matadero”.
  • Igualmente nos ejercitamos en la humildad escuchándolo en la Sagrada Escritura.
  • Así mismo llegaremos a ser humildes meditando la vida de la Virgen María y uniéndonos a ella en oración. La mujer más humilde, más grande y escogida de Dios.
Nota: Apartes tomados de la Cartilla Plan Sembradores