Un hombre sin humildad, sin confiar en su Padre Dios que le tiende continuamente los brazos, habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Recordemos que la humildad es condición imprescindible en el camino a la eternidad, que el fin último del ser humano es volver al Padre y si queremos servir al Señor, hemos de desear y pedirle con insistencia la virtud de la humildad. Nos ayudará a desearla de verdad, el tener siempre presente que el pecado capital opuesto, la soberbia, es lo más contrario a la vocación que hemos recibido del Señor, lo que más daño hace a la vida familiar, a la amistad, lo que más se opone a la verdadera felicidad... Es el principal apoyo con que cuenta el demonio en nuestra alma para intentar destruir la obra que el Espíritu Santo trata incesantemente de edificar.

Podemos ver la humildad con que llega el “publicano” (Lc 18,13-14), en desventaja ante Dios ya que el fariseo lo acaba de acusar explícitamente. Pero él acude con una actitud diametralmente opuesta a la del fariseo: Ora manteniéndose a distancia y sin levantar los ojos, golpeándose el pecho, diciendo ten compasión de mí, soy pecador, el orante no dice cuál es su pecado, todo él se presenta como pecador. El Dios que sondea los corazones sabe de qué se trata. Este orante no trae nada entre sus manos para apoyarse en su relación con Dios.

Un principio general queda en la mente: Porque todo el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado. La oración auténtica es aquella en la cual nos abrimos a la obra creadora de Dios en el perdón, el perdón que transforma la existencia en humildad, haciéndola renacer para la vida eterna. Se quiere decir que delante de Dios el hombre no puede vanagloriarse de nada y que de hecho no está en condiciones de hacerlo (ver Is 40,5). Por tanto en lugar de gloriarnos de las buenas obras, lo que hay que hacer es presentarse ante Él para dejarlo ser nuestro Dios.

Con todo, la virtud de la humildad no consiste solo en rechazar los movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. De hecho, ni Jesús ni su Santísima Madre experimentaron movimiento alguno de soberbia y, sin embargo, tuvieron la virtud de la humildad en grado sumo. La palabra humildad tiene su origen en la latina humus, tierra; humilde, en su etimología, significa inclinado hacia la tierra; la virtud de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas. En la práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra pequeñez e indigencia ante Dios.

La humildad se fundamenta en la verdad, sobre todo en esta gran verdad: es infinita la distancia entre la criatura y el Creador. Por eso, frecuentemente hemos de detenernos para tratar de persuadirnos de que todo lo bueno que hay en nosotros es de Dios, todo el bien que hacemos ha sido sugerido e impulsado por Él, y nos ha dado la gracia para llevarlo a cabo. No decimos ni una sola jaculatoria si no es por el impulso y la gracia del Espíritu Santo (1 Cor 12,3); lo nuestro es la deficiencia, el pecado, los egoísmos.

“¿Cómo hemos de llegar a la humildad?”, corresponde una respuesta inmediata: “por la gracia de Dios”. Solamente la gracia de Dios puede darnos la visión clara de nuestra propia condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad”. Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente, convencidos de que con esta virtud amaremos a Dios y seremos capaces de grandes empresas a pesar de nuestras flaquezas. Andamos el camino de la humildad cuando aceptamos las humillaciones, pequeñas o grandes, que surgen cada día por diversos motivos, y cuando aceptamos las flaquezas, cuando vemos las equivocaciones que cometemos y los propios defectos, procurando luchar en ellos.

Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas; y si llegan procura enderezarlos a la gloria de Dios, Autor de todo bien, su esperanza está puesta en el Señor. La humildad se manifiesta no tanto en el desprecio como en el olvido de sí mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no hayamos recibido, y nos lleva a sentirnos hijos pequeños de Dios que encuentran toda la firmeza en la mano fuerte de su Padre, es Él quien da sentido a todo lo que hace.

Nos ejercitamos en la humildad, meditando la Pasión de Nuestro Señor, considerando su grandeza ante tanta humillación, el dejarse hacer “como cordero llevado al matadero, según había sido profetizado (Is. 53,7), su humildad en la Sagrada Eucaristía, donde espera que vayamos a verle y hablarle, dispuesto a ser recibido por quien se acerque al Banquete que cada día prepara para nosotros, su paciencia ante tantas ofensas... Aprenderemos a caminar por este sendero si nos fijamos en María, la Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el de hacer la voluntad de Dios. También acudimos a San José, que empleó su vida en servir a Jesús y a María, llevando a cabo la tarea que Dios le había encomendado.

Nota: Apartes tomados de La Virtud de la Humildad - Iesvs.org